1 de junho de 2016
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Relato: La caja de Temeris

6/01/2016
Después de tanto tiempo sin crear una nueva entrada, hago acto de presencia otra vez recomendando la lectura del apasionante relato que os traigo a continuación. Una pequeña obra de manufactura absorbente y con sorprendente final que estoy más que seguro de que a muchos de los lectores de este blog en especial os gustará. Creado por Ivan Rodríguez, alias Klive69 (podéis acceder a su cuenta de Twitter para, si os ha gustado, rogarle una segunda parte), amigo y compañero de mil batallas e historias además de ser un gran apoyo personal. 

Con todos vosotros...


La caja de Temeris


Por Iván Rodríguez


Hacía calor. Temeris deambulaba solo, como de costumbre, entre aquellas extrañas máquinas de los antiguos dioses. Le gustaba imaginar esos misteriosos artefactos funcionando, tal y como debieron haberlo hecho en su día, impulsados por una fuerza desconocida que les hiciera cobrar vida. A menudo, entre sus vetustos y silenciosos compañeros, solía preguntarse en voz alta para qué servirían.
Era allí, entre cientos, tal vez miles de los ya familiares restos metálicos, donde dejaba volar su imaginación y recreaba en su primitiva mente los tiempos de esplendor de aquellos seres superiores.

Pese a su analfabetismo, Temeris era un muchacho inteligente. En su tribu le consideraban alguien realmente habilidoso, incluso presumía ante los chicos de su edad de los artilugios que inventaba. "Cuando sea mayor y tenga mi propia tribu, enseñaré a todos a fabricar las mejores trampas" solía fantasear cuando las deliciosas ratas caían en sus ingeniosas y mortales ratoneras y, sonriente, las despellejaba mientras el fuego humeaba expectante.
Pero esa mañana salió bien preparado de su choza, había comido bien. Las ratas y otras deliciosas presas no eran ahora su prioridad, tan sólo llevaba un poco de agua sin contaminar en una especie de cantimplora de piel que su madre le había cosido con las púas de un cactus. Y es que eran afortunados por vivir cerca de aquel pozo tan profundo; todos sabían qué te ocurría si bebías agua de la superficie, y no era plato de buen gusto para nadie. En una ocasión, un niño de la tribu aún inexperto en las lides de la supervivencia en aquel traicionero mundo, bebió agua del riachuelo que pasa al este del poblado; murió al cabo de una semana, y su sufrimiento fue tal que sus propios padres, antes del inevitable desenlace, tuvieron que tomar la decisión de llevarlo al chamán, quien le tuvo que dar el brebaje que le daban a los desahuciados. Todo esto lo vio, él, así que nunca salía de casa sin agua pura, el bien más valioso en aquellas tierras de un ocre onírico y aplastante. 

Así que ataviado con sus sandalias de mamerot -una especie de mamífero peludo, gruñón y maloliente que brindaba a sus dueños unas pieles duras y flexibles al mismo tiempo- la barriga bien llena de sus despistadas presas, con agua pura y refrescante y su inseparable lanza, esa mañana decidió que iría a explorar las tierras del sur, hogar de los antiguos dioses. 
Su padre siempre le prohibía ir, pero Temeris estaba decidido a descubrir algunos de los secretos de sus antepasados, como empujado por una sed de conocimiento, no obstante, ajena a su ser, ya que en su tribu eran gentes ignorantes, sencillas y supersticiosas. Vivían el día a día, se dejaban llevar y mecer por una existencia dura y cruel, como si supieran que su vida fuera el castigo por algo. Pero Temeris era diferente, sabía que si averiguaba cosas del pasado podría ayudar a su gente en el futuro, y era en esos momentos cuando en su inocente mente bailaban las preguntas: ¿Quedaría algún dios aún vivo? ¿Podría averiguar para qué servían las máquinas y así utilizar esa magia para ayudar a su gente? Y es que Temeris era un soñador, algo que le hacía más libre que el resto de sus congéneres que, como los animales, normalmente se regían por impulsos e instintos.


En ocasiones al atardecer, cuando quería estar solo, se sentaba en lo alto de una vieja estructura y observaba las presencias del pasado; restos ásperos y de color cobrizo que parecían brillar igual que la sangre oxidada y, entonces, creía oír a los cadáveres de la antigüedad susurrarle con lamentos metálicos. Aquella destrucción, pensaba, que se llevó por delante a los dueños de las máquinas debió ser de una potencia descontrolada, pues ellos eran poderosos y sabios.
Lo que Temeris no sabía era que la desaparición de los supuestos dioses fue ocasionada por su propia mano y obra, algo que el muchacho nunca podría llegar a descubrir. Pero esa es otra historia…


Así que inmerso en sus pensamientos emprendió camino hacia el sur, donde ante sus ojos se abría un paisaje monótono y repetitivo donde tenía la sensación de que nunca avanzaba.
La gente del poblado no solía aventurarse nunca en esa dirección, pues estaba El Bosque de Piedra, un lugar donde la desgracia podía acecharte en cualquier dirección, pues al caminar entre las gigantescas estructuras erguidas por gigantes, las rocas caían a tu paso, como queriendo ocultar con vergüenza lo que allí ocurrió. Pero él, decidido y aventurero, no temía a las rocas que caían ni a los sonidos que el viento inventaba entre los angostos pasadizos.
Ya casi al mediodía, después de caminar pesadamente durante unas horas, llegó al Bosque de Piedra, un bosque que no era sino los restos de una ciudad. El chico, acostumbrado a los rudimentarios materiales que vestían sus sobrios habitáculos -que no eran otros que barro, madera y pieles de animales para evitar la filtración del agua- observaba maravillado aquellas estructuras tan diferentes, hechas de piedra sólida y otros materiales que no llegaba a identificar. Estaba claro que había hecho falta una magia, pensaba, muy poderosa para levantar aquellas moles que ahora descansaban caóticamente en todas direcciones. Tan sólo las más robustas conservaban la verticalidad, y en la mayoría de ocasiones no eran más que muros o arcos, esqueletos sin más de hercúleas obras hechas por los dioses.
Ignorando los peligros y advertencias de sus mayores serpenteó entre las desdibujadas avenidas, buscando algo que le llamara la atención; algún recoveco donde introducirse, algún artefacto que, casualmente, se hubiera salvado de la debacle… pero no encontró nada. En ocasiones emergían de entre las rocas placas metálicas de un material parecido al de las máquinas de la llanura, pero que contenían unas inscripciones, o dibujos, ilegibles para Temeris. Eran líneas, curvas y puntos que caprichosamente se parecían a los dibujos que su gente hacía en las rocas cercanas, donde representaban o señalizaban precariamente algún peligro.

Ya con el sol iniciando su viaje de descenso hacia el ocaso y después de recorrer palmo a palmo las ruinas, decidió rebuscar, siempre de forma inquisitiva, los aledaños, ya que la destrucción parecía menor a medida que se alejaba de la masa homogénea, que había enterrado para siempre sus secretos. Caminó, y a medida que se alejaba de las ruinas la destrucción dejaba paso a la monotonía del vacío. Sabía que cuanto más se alejara, más posibilidades tenía de encontrar algo que hubiera pasado desapercibido para los antiguos exploradores de su tribu que, en contadas ocasiones, hicieron incursiones para buscar alimentos o pertrechos por aquellos lares hacía muchas generaciones. Así que impulsado por esa curiosidad y obviando muchos de los peligros que se acentuaban a cada paso que daba en dirección contraria a su hogar, se encaró a un antiguo camino, negro como el pelo de su cabeza y tan duro como la obsidiana que expulsaban los volcanes del norte, que en más ocasiones de lo deseable sangraban las entrañas de la tierra.
Anduvo largo rato caminando sobre el agrietado y oscuro suelo y vislumbró lo que parecía el final del camino. Podía ver una estructura a lo lejos que, puede que debido a su baja altura, se conservaba en mejores condiciones que el resto de lo que había visto hasta ese momento; decidió que sería allí donde empezaría una nueva búsqueda.
Al llegar, frente a él, un gran arco que todavía seguía en pie le daba la bienvenida, a cuyos pies descansaba una puerta de metal retorcida y semi enterrada. Cruzó el umbral y miró en derredor, donde algo inmediatamente llamó poderosamente su atención…
Era un recinto, una vez más hecho añicos, rodeado por un muro de piedra ancho y bajo. En el suelo una colección de trozos de roca blanca salpicaba todo uniformemente. En algunos fragmentos podían verse restos de inscripciones o dibujos, en otros sin embargo, demasiado pequeños, el tiempo había borrado su identidad y cometido. Todo estaba demasiado dañado como para sacar algo de provecho… todo excepto una modesta figura rectangular bajo un gran árbol, seco hacía demasiado y que cobijaba una estructura que, por el motivo que fuese, tal vez por la protección del árbol o tal vez por la bendición de los dioses, se conservaba aparentemente intacta. 
Se abrió paso hasta su objetivo pasando por encima de estructuras similares, aunque rotas y llenas de arena y polvo, y llegó bajo el gran árbol. Ante él, una piedra lisa y brillante como nunca antes había visto le mostraba de nuevo, bajo una generosa capa de suciedad, las inscripciones hechas por líneas y puntos. La parte superior, tan perfecta que sólo podía ser obra de los antiguos dioses, proyectaba un aura blanquecina que contrastaba enormemente con el omnipresente y sempiterno ocre. Pasó su callosa mano por la superficie, estudiando detenidamente cada detalle; líneas, puntos, líneas y curvas. Deslizó sus manos hacia los laterales de la estructura y atisbó una separación, una finísima grieta que parecía dividir en dos aquel en apariencia sólido rectángulo. Temeris, que nunca había visto un contenedor de esas características, comprendió que aquello ocultaba lo que sin duda había estado buscando.
Con una sonrisa que dibujaba en su cara una mezcla de nerviosismo y satisfacción, buscó entre la uniforme alfombra de escombros alguna cosa que le sirviera para abrir la cámara de otro tiempo. Se acercó corriendo a la entrada, donde había visto bajo el arco un “palo” de metal grueso y resistente, que en su día conformaba la puerta de acceso. Separó el barrote del ya inútil enrejado y, con una roca, aplanó el extremo con el fin de introducirlo en la estrecha grieta que separaba las dos partes de la cámara. Metió el extremo plano en la fina rendija y con todo el peso de su cuerpo tiró hacia abajo hasta que, poco a poco, fue cediendo. Una vez la hubo desplazado lo suficiente apoyó sus manos en los bordes y, casi en posición horizontal, puso sus musculosas piernas sobre el anciano árbol. Empujó, gritó y crujió la casi petrificada madera bajo sus pies, pero logró tirar al suelo la pesada losa y dejar al descubierto el contenido del rectángulo ¡se trataba de un esqueleto! Tan antiguo y descarnado que casi parecía aséptico. Vestía ropas negras y sujetaba entre sus huesudas manos una caja; una caja extraordinariamente bien conservada hecha de un material desconocido y de formas y bordes perfectos. La caja, rectangular y de color negro, de unos cinco centímetros de grosor, mostraba en su frontal un dibujo que Temeris, esta vez sí, supo identificar: se trataba claramente de un guerrero. Aunque torpemente representado, aquel dibujo no dejaba duda alguna sobre lo que trataba de plasmar, pues su pose claramente agresiva era la de alguien que se disponía a luchar. Encima del guerrero, nuevamente, las extrañas inscripciones. 
Con gran respeto Temeris separó los entrelazados y esqueléticos dedos con un crujido doloroso, como si la osamenta, después de demasiados años para ser contados, lamentase separarse de la caja que asía. 
Fascinado, estudió la misteriosa caja que a su vez, guardaba algo en su interior. La abrió con cuidado y de dentro cayeron dos objetos. Uno de ellos era un rectángulo negro azabache y con motivos rojos. El otro una especie de pergamino que parecía hecho de hojas de árbol, blancas como la nieve pero demasiado perfectas para ser tales. En ellas estaban representados mediante dibujos y las ya habituales ilegibles inscripciones, las aventuras del guerrero. Se le mostraba saltando, luchando contra criaturas abominables y, curiosamente, montado en algunas máquinas muy similares a las desvencijadas masas metálicas que sembraban el familiar paisaje cerca del poblado. Emocionado como nunca antes, se guardó su ansiado premio con todo su contenido y se acercó a la tumba del guerrero. Sacó su lanza, la clavó en el suelo y mientras imaginaba a aquel imponente dios del pasado luchando ferozmente, protegió el cuerpo como pudo con losas más o menos manejables que encontró cerca. Se giró, con el corazón desbocado bebió agua de su cantimplora y emprendió el viaje de regreso, tan emocionado e inmerso en fantasías de tiempos pretéritos que llegó casi sin darse cuenta a los aledaños de su poblado, donde se dirigió sin pensarlo a la choza del chamán. 

Invadido por la alegría y el nerviosismo propios de su edad, Temeris se posicionó ante la puerta de la cabaña, respiró hondo y entró. El chamán, que estaba de espaldas a la entrada, se giró para recibirle

-¿Qué es lo que quieres, joven? Deberías decirle a tu padre que...
-¡Maestro, he encontrado un artefacto! ¡Parece el relato de las hazañas de un gran guerrero! Mire, dentro de esta caja hay una historia, como las que usted nos cuenta, pero dibujada en algo que no sé muy bien qué es. No son hojas de árbol, ni piel de animal. También está esta caja negra ¡Mire cómo brilla!
-¿Dónde la has encontrado, Temeris? 
-Más allá del Bosque de Piedra, a muchas horas hacia el sur.
-¿No sabes ya que esas tierras son peligrosas? Nunca nos acercamos por allí. A los antiguos dioses no les gusta que hollemos sus dominios.
-¡Pero, yo he encontrado la tumba de un guerrero…y era preciosa! ¡Blanca como la arena al sol y tan lisa como la piel de una mujer!

Y mientras Temeris explicaba al chamán su viaje y su hallazgo, el viejo cogió la caja, la estudió a conciencia y la abrió, pero ni siquiera sus años, su experiencia y su poder arcano alcanzaban para explicar qué era aquello y cuál era su propósito. 

-Deberás dejármelo hasta mañana, consultaré a los dioses y, si somos merecedores de saberlo, nos dirán qué hacer con ello. Ve a descansar.

Temeris, un tanto decepcionado por no haber encontrado nada útil, al menos de momento, para los suyos, volvió a su hogar donde su padre le esperaba intranquilo y furioso por tan larga -y no autorizada- ausencia.
Era tarde, muy tarde. Aguantó estoicamente la reprimenda y minutos después se recostó sobre su cama, hoy más cómoda de lo habitual debido al cansancio. Sin darse apenas cuenta cayó en un mar de sueños, donde veía criaturas con cabeza de rana, escorpiones gigantes y otras criaturas que caían bajo el poder del guerrero, que luchaba valientemente para... ¿tal vez salvar a los suyos de la destrucción?
Pero antes de que el sol anunciara un nuevo día y pese a su febril descanso, se levantó y se dirigió impaciente a la cabaña del chamán, quien ya estaba despierto, junto al fuego

-¿Alguna noticia, señor? 
-Me temo que no, mis consultas a los dioses no han obtenido respuesta. Es posible, Temeris, que no estemos preparados para este conocimiento o que aún no seamos dignos. Esperaremos con paciencia hasta que los conocimientos que guarda esta misteriosa caja nos sean revelados. Avisa a tu padre, dile que reúna a todos en el santuario. 
Y Temeris corrió a avisarle, pues su padre era el jefe y sobre él recaía esa responsabilidad. 
Una vez se encontraron todos en el santuario, donde rezaban y depositaban sus ofrendas, el chamán entró con la caja en las manos. Iba ataviado con su traje ceremonial de pieles de animales y, en la cara, lucía un mosaico de pinturas que hacían con polvo de piedras y grasa de animal. Se posicionó en el centro; todos, alrededor del altar, conformaban un semicírculo. Temeris estaba justo delante del chamán, quien después de explicar su hallazgo y confirmarlo como un digno sucesor de su robusto padre, alzó la caja por encima de su cabeza para que todos pudieran observarla y, con un gesto ceremonioso en su agrietado rostro la colocó en el altar. Se retiró en silencio y antes de salir dijo:

-Esperemos que algún día podamos volver a disfrutar del conocimiento que esconde la caja. 

Y una vez cada uno hubo vuelto a sus quehaceres diarios, en el interior del solitario santuario brillaba una tenue tea, que con sus relampagueantes destellos iluminaba unas palabras que ya ninguno de aquellos supervivientes podía recordar, y que decía así:


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