Corrían los años 80 y, entre peonzas y canicas, pinchos, bicicletas con banderines del Celta, carros de bolas, amén de otras cosas, llegó a mis manos -valga la redundancia- lo que los chavales y no tanto de aquella época de gloria y nostalgia conocimos como el producto del infierno, la Mano Loca.
PLAF!!!
Quedaros con este nombre los que todavía sois jóvenes e inexpertos porque no tenéis ni puñetera idea de con qué estáis tratando. Sí, un engendro del demonio para muchos sufridos padres que veían cómo este artilugio se paseaba por la casa al grito de ¡Va! (o directamente sin avisar), criadero de mugre y tortas para los que disfrutábamos asiendo tamaña viscosidad de techo durante días, paredes en modo alpinista y en descenso y... a veces, la jeta infame de algún despistado amigo o familiar con cara de besugo asustado o similar. La diversión estaba más que asegurada y las risas, garantizadas.
La Mano Loca consistía simplemente en una goma elástica de considerable longitud la cual se remataba en uno de sus extremos con la forma de una mano; de ahí su nombre, y en el otro un pequeño asidero para agarrar que acababa rompiendo. Loca, por la cantidad de perrerías y acrobacias maléficas que se podían hacer con ella una vez se liberaba de su envoltorio tras gastar en kioskos la entonces apenas perceptible cifra de 25 pesetas que daba también para Barrilitos o Sugus; desde atrapar papeles sueltos por la casa, arrastrar mandos a distancia u otro objeto de más peso, hasta incordiar en todas sus variantes al personal.
Envoltorio original.
Realizada con diversos materiales hoy día prohibidos por su alto contenido tóxico, este producto de finales de los años ochenta (1987) se pegaba a todo tipo de superficies (¿quién no ha tenido una mano loca pegada al techo de su habitación durante al menos media semana?) a la vez que iba recogiendo toda la porquería que hubiera por la casa y hasta el punto de que las que eran de un color más claro acabaran por ser completamente negras y sin necesidad de exagerar.
El uso de dicho "juguete" pronto se vería restringido a ocupar un cajón o tirarlo directamente a la basura. Y es que la mano loca conservaba sus propiedades pegajosas hasta que se ensuciaba o simplemente dejaba de adherirse por la mera utilización., Un truco que yo solía realizar y que de hecho recomendaban, era lavarla con jabón y agua, o Mistol, para que volviera a su estado original. El hecho es que el "truquejo" funcionaba un par de veces durante unos minutos y poco más. Además la mano solía romperse antes de tanta caña que se le metía y más de una voló a un campo cercano por tocar demasiado la moral.
Existían muchas y de distintos colores.
En fin, un juguete que seguramente muchos desconocían y que quería traeros a estas páginas antes de hablaros de más videojuegos, y del cual poseo y conservo orgulloso una unidad en su plástico original; todavía sin abrir y comprada por mí cuando entonces era un chaval, y que enseño siempre que puedo sólo a quien lo sepa valorar.
¡Hasta la próxima entrada! ¡Gracias por pasaros!
La mía.




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